De Literatura y broncas

Sentado al centro de la ramadota ésta que hace las veces de Centro Cultural de la canalla porteña, Carambuyo Bill (bardo con pedigrí en las tres Californias) ha sido invitado por sus compitas a soltar rollo acerca de las dificultades que la Literatura entraña a los creadores. Con una forjada en la siniestra, –tras sonoro buche y correntada por el gaznate–, el poeta dice:

Miren camaradas:

En el sentido “práctico”, un cuento, una novela, un poema no sirven, no funcionan, no la hacen. Tal vez apenas sí cuentan como pasatiempo, como entretención de desocupados y, si mucho me apuran, quizá como vehículos de expresión y de conocimiento del espíritu humano.

–¿Apenas eso?–pregunta roñoso el Bolas.

–Algo más: leer o escribir ficciones, mentiras creíbles, nos muestra la distancia que existe entre los grandes anhelos del ser humano y la realidad de nuestra existencia, en ocasiones banal, vacía, arropada cotidianamente por esas otras mentiras culeras: las de los políticos.

En la literatura hay rebeldía, insatisfacción contra la mediocridad y la sordidez que nos envuelve. La literatura propicia un inconformismo que nos hace crecer como individuos.

“Dificultades”. ¿Existen? Pero desde luego. No hay talento sin esfuerzo aparejado. No hay inspiración sin disciplina. No hay frutos sin cultivo y chinga permanente.

Tal vez el reto consista en saber ocultar los esfuerzos, los costurones, la arquitectura de la obra literaria, para mostrar sólo el brillo en las facetas de la gema tallada, y ocultando la pedacería sobrante bajo el tapete del cuarto de trabajo.

No hay genios huevones que sólo necesiten de su inspiración para sacarse prodigios de la manga. Tras la obra artística hay muchísimo trabajo que no se deja ver; sensibilidad y disciplina encubierta; arte con sudor.

Pero todo escritor, aficionado o profesional, inicia siendo lector, actividad que a él se le vuelve vicio.

Fernando Savater (¿se acuerdan?, aquí estuvo sentadito, años atrás) dice que la lectura es un vicio que no necesita ninguna justificación, como no la necesitan las adicciones por el café de talega, el jamón de cochi bellotero o la machaca de langosta con tortillas de harina.

Leer es una actividad tan placentera, que resultaría una pendejada privarse de ella.

Leer pues, es lo primero; la escritura viene después. Aunque los críticos insidiosos afirman que hay, por estos territorios, escritores que suman más libros escritos que libros leídos, ¿verdad Parara?

La literatura, los cuentos, las novelas, los textos leídos o escritos nos abren al universo; nos hacen vivir otras vidas y nos alejan, con talentosas mentiras, de nuestras vidas comunes. En estos tiempos convulsos de muertos a balazos en el malecón y de excesos de los poderosos en el Gobierno, es algo para agradecer.

       –¿ No son medio panocheros y localistastas nuestros escritores? –pregunta el Juntabotes, millonario que gusta de los rasudoresdel populacho porteño

— T.S. Eliot sostuvo que “un poeta o un novelista no pueden ser universales sin ser locales también”. El proverbio chino aconseja: “Si quieres ser universal, escribe sobre tu aldea”.  Algunos californios  encontramos que estas sentencias nos vienen al chingadazo para justificarnos como escritores regionales, cuando más, porque a su amparo podemos pretender ser universales sin salir de la aldea, aunque la globalización de la cultura nos señale como “chusma, infelizaje literario que sólo puede escribir desde su terruño y sólo acerca de su terruño”.

Es mi caso: soy uno de esos voceros de la chusma. Soy amateur, es decir, aficionado. Los escritores profesionales viven (sobreviven, creo), y publican, en la luminosa capital de los mexicanos, a dos que tres miles de metros sobre el nivel de esta ensenadita que está escondida al fondo de la enorme bahía de La Paz.

Seámoslo, pues; seamos amateur, pero abrevemos en las fuentes de las letras universales clásicas y modernas para mejor expresar el alma regional y nacional… con la destreza y singularidad que el talento y/o el esfuerzo de cada cual le otorguen.

¿Qué hacer cuando  la metáfora se nos niega; cuando el Canto general nos saca la vuelta? Pues a hacer de tripas corazón y sentarse a trabajar lo que sea, pero con ganas. Los opinadores periodísticos, los columnistas que pueblan los medios de información son literatos, que en sus períodos de frustración se refugian en este subgénero que ni es periodismo ni es literatura, pero que a veces hasta les da de comer.

La crítica seria concibe que la literatura antisolemne y mordaz no eleva el espíritu; lo rebaja. Los practicantes de ese género menor no deben habitar el Parnaso, sino el inframundo en el que retozan los géneros menores.

Escribir para divertir, o divertirse en su ejercicio, es casi un pecado, afirman los poetas parnasianos; es un impulso cuasibestial que adormece la conciencia y que el escritor debe reprimir para mantener la cordura, esa actitud que eleva el alma de los hombres. (Que nadie elogie la locura, pues).

El asunto es que siempre ha habido en el universo de las letras escritores difíciles, profundos, analíticos, y escritores populares, sencillos, que apelan al sentimiento de las mayorías. Ambos valen.

Conclusión: ¿Qué he hecho yo para merecer el honor de tirarles este mi rollo? Pues la verdad sea dicha, no mucho. Quisiera haber escrito diez novelas, cien poemarios y media docena de libros de cuentos, pero pues no. Las musas que no se arriman, la flojera, las neuronas anquilosadas, qué sé yo. Ante la escasez, me he contentado con arrimarle la pluma y la laptop a las colaboraciones periodísticas con textillos menores, dos que tres libros de poemas, algunos cuentos de regular factura y no más.

Sentado aquí en mi lugar, ante ustedes, cabra de bolones, debiera estar Edmundo Lizardi, o Leonardo Varela, escritores de altos vuelos; quizá Javier Manríquez…  y ustedes habrían ganado. Será que yo voy a cobrarles menos, y en especie. El mal ya está hecho, así que vamos empezando a beber.