De humedades y singularidades

Lo mejorcito de la canalla porteña está en Los 7 pilares, la ramada que hace las veces de centro de convenciones chollero en el puerto más cálido y luminoso de los habidos en el golfo californiano. Anda luria la perrada. Será que está lloviznando, en una especie de equipata atípica que a todos trae platicadores y bullidores. Cuando llueve, no sólo las plantas reverdecen; las bestias de dos y cuatro patas también participan de la epifanía.

— Cómo la ve, Chamán, — comenta el Parara, guardián de la tradición isleña– por jodidos que estemos, caen unas gotas pinchurrientas sobre estas resequedades, y el alma colectiva de la tribu despierta y se manifiesta. ¿Lo ha visto en otros territorios por los que ha paseado su almita?

— Cómo no; igual vi hacer a los polisarios en el Tindouf norafricano y a los bantúes del Calahari. En el Negueb y en Gobi, como en Atacama y el Nordeste brasileño, sus habitantes ven y sienten la lluvia como una bendición. El agua es el bien más preciado de este organismo al que llamamos planeta Tierra. Me gustaría que ni nosotros ni nuestros nietos padecieran su ausencia, pero no está lejano el día en que los pueblos se traben en guerras cruentas por el agua, como antes lo hicieron por el petróleo y el oro.

— Ahora resulta que entonces no somos tan singulares los californios — tercia el Bolas, joven metiche de El Calandrio– . Yo creia que nomás por acá nos daba por ir a correr la lluvia, entrar a los arroyos con el picap llantudo pa probar el doble y pegar de gritos como chamacos cuando alguien (el más lurio) se deja ir al cruce del arroyo bramador cuando todo mundo (y su mujer) le aconsejan: «Ni se te ocurra, Christian, mijito, qué no ves cómo viene lagua jalando piedrones y troncos de mezquite; te va a llevar la chingada… y luego andas llorando que si dónde gua conseguir otro transfer y que si ¿por qué no me detuviste, vieja; no veías qué tan pedo no andaba?

— Más allá de estas particularidades folclóricas que nomás a lo californios afectan — dice el anciano yaqui– las lluvias están presentes hasta cuando están ausentes: «Este año va a ser muy llovedor», «acá no llueve ni de; mire nomás cómo está el monte: cenizo», «cuando lleguen las aguas esto se va a poner muy rebonito; orita ni los paloverdes dan color», «la tronaja y las arrumazones van a empezar entrando junio, vas a ver… y pue que tengamos que favorecer al chinchorro al amparo del cantil del Cuervo, si se deja venir el chubasco desde el sur, ofensivo y ventoso como siempre… pero si trae agua, y bastantita, ¿quién le va a poner peros?». «Que llueva/ que llueva/ la virgen dela cueva/…», riman ripiosos los plebes en ronda polvorienta ante las primeras gotas, y el ranchero que estuvo meses manteniendo con biznaga una docena de vacas esmirriadas que semejan arpas, grita jubiloso hacia la cocina de chiname y hacia el horizonte histórico, aperingado del horcón central de la ramada: «¡Arropen los santos, saquen la galleta roncadora y pongan lagua pal café, viejas pinchis, que ahi viene el agua… ora sí!»

Por ahí les da, a estos californios primitivos, cuando los primeros efluvios de tierra mojada se levantan de la tierra para golpearles la nariz, y el ácido desoxirribonucléico de cada cuál se engancha al coro colectivo para bogar y mecerse en las notas acuosas que susurran la canción del desierto. Quihubo.