De familia y naturalidades

«Soy madre soltera con dos hijos ya pelechados. No quise casarme ni por lo civil, porque el padre de mis cachorros resultó un macho vaquetón y mantenido de esos que hay. Mi hija es lesbiana asumida; mi hijo es heterosexual presumido, pero no les da verguenza su familia, que es tan natural como la de ustedes, camaradas, si es que la tienen», dice La Doñita al peladaje reunido en esa cueva de reflexión y templo báquico que se hace llamar Los 7 Pilares, de renombre en el puerto, la isla y la costa noroccidental del Pacífico, sin exagerar.

La tribu la apapacha con la mirada y, a sabiendas de que la ñora trae alguna daga clavada hasta los gavilanes, la dejan que suelte presión hemática mientras El Ultramarinero le arrima una forjada con la página de sociales del Sudca, el periódico más circulador de la comarca, según dicen. La Doñita bebe sin eructar, y se va de orza:

— Cuando se me atravesó un letrero espectacular allá por el Vado de los sinaloenses con la foto de lo que el publicista considera la familia «natural», como que no le creía a mis ojos: ¿Y esta onda fascista?, pensé. ¿Es cosa del supremo gobierno, iniciativa del imperialismo yanqui, o es propaganda de gualmar? Me apeé de la unidad para revisar la letra menuda y me encontré con una leyendita que rezaba tal y tal. Puá, me dije, es la broma de alguien interesado en picarnos la cresta… ya desaparecerá. Pero los anuncios espectaculares se han multiplicado, de manera tal, contlapaches, que ya los hay por todos lados, como matas de toloache tras la lluvia… Y hasta en el papel para envolver tortillas implantaron la leyenda con alusiones a la mentada familia «natural». ¿Cómo la ven? ¿Está bien que ejerzan su libertad jodiéndonos la existencia? ¿Quién paga los gastos? ¿No será que los paganos resultemos nosotros con nuestros impuestos? ¿De qué se trata, pues?

–Son muchas preguntas, Doñita, –gruñe El Juntabotes, iniciativo privado que cotiza en Wall Street pero que adora los trasudores que se respiran en este aguaje mísero– todo mundo tiene derecho a expresrse, hasta el fascismo corrientón que penetra a la ultraderecha yunquera panista. Su campaña se hermana con aquella otra, reciente, de los pretendidos «valores sudcalifornianos», que hasta la fecha nadie me ha podido explicar, pero que desde el edificio de gobierno salía de lunes a domingo a retozar en los medios. Se necesita valor para inventar un concepto sin definirlo. «Ahí que cada cuál lo defina», habrán pensado. Tuvieron razón: por gueva tal vez, la raza nomás repetía la frase sin ir más allá. Yo no sé a cuáles valores se referían. Los únicos que entiendo son los de la Bolsa Mexicana y los de la Calle de las Paredes de la Gran Manzana, o sea.

— Hubo otros por ai a los que tampoco les cuadró la campañita de los naturaleros. Ya los demandaron por promover la homofobia y la discriminación. No van a irse sin raspones, asegura El Parara, gurú del antro y machetero descargador de camiones en los ratos en que no filosofa o reposa echado como cochi en lodazal, como buen epicúreo.

Total, que La Doñita se quedó igual: perpleja, indignada y sin respuesta firme a sus interrogantes, pero la pláti-ca sobre temas mejores y los bebestibles siguieron rodando en el ágora de los sin tierra ni valores ni tarjeta de crédito ni segunda camisa (salvo El Juntabotes, que se cocina aparte), hasta deshoras, como es costumbre y, eso sí, natural.