De ética, moral y constituciones

Lo que es ser ignorante y zafio respecto de lo que las palabras dicen, –declara a sus compinches el Bolas, joven autocrítico de El Calandrio y Orgullo de su Universidá— yo anduve confundido con las diferencias existentes entre “ética” y “moral”, pensando que la primera se refería al comportamiento humano en sociedad, en tanto que “moral” era asunto íntimo, casero, acasón…

Los miembros del infelizaje reunido en el ágora porteña de los sin tierra ni tarjeta de crédito se le quedan viendo asombrados, pues el Bolas no es de los quisquillosos a la hora de utilizar el lenguaje; al contrario: sus leperadas, malcriadezas, groserías, barbaridades y barbarismos salen de su bocaza con regularidad y sin restricciones ¿éticas?, ¿morales? Ya se verá.

–¿Y quién te sacó del error? –quiere saber Carambuyo Bill, bardo noroestino de proyección internacional.

–El mismísimo Peje.

–¿Y dónde, quién te había maleducado?

–Un filósofo light vasco, bizco y molacho, cuyas siglas son Fernando Savater, en su libro Ética para Amador. Yo le creo más al Peje. El vasco era antes mi filósofo de cabecera, pero ahora le prendo todas mis veladoras al Pejecito. Tanto así, que estoy empezando a redactar mis cuatro cuartillas para que la morenidad las incorpore a la Constitución que entre todos los rectos mexicanos guadalupanos vamos a redactar. Imagínense: El Bolas, constituyente mexicano, orgullo de esta isla llamada Calif/

–La idea es de Alfonso reyes, que a solicitud del secretario de Educación, José Vasconcelos, plasmó en una cartilla algunos “respetos” que los mexicanos de la época, 1944, debían observar para ser mejores ciudadanos del mundo –ataja e informa el Bill.

–Yo estuve presente durante la redacción de esa cartilla –afirma muy orondo –pero sin presunción— desde su tronco de colorín, el Viejo Chamán yaqui.

–¿Participaste, brujito? –pregunta con jiribilla el Carambuyo.

–Pues si servirle tacitas de té de damiana a don Alfonso mientras escribía en su despacho cuenta como participación, pues sí.

Menos interesado en el escritor regio que se carteaba con Borges y otros intelectuales del siglo anterior y más en las aventuras del yaqui, Carambuyo desvía la conversación hacia personajes de las letras con los que el anciano brujo de la Pimería “interactuó”. Así, la Constitución Moral y los afanes del Bolas se olvidan, o cuando menos se posponen para mejor ocasión.

El drón que graba la escena de este docudrama chollerón empieza a elevarse alejándose de Los 7 Pilares… Sobresale pero va disminuyendo, la voz ahora emocionada de Carambuyo que dispara nombres: ¿Conociste a Faulkner?, ¿siii? ¿Pescaste barracudas con Hemmingway?, ¡nombre! ¿Matabas almejas para London en la bahía…? ¡Jijos! ¿Asististe a García Lorca en Fuentevaqueros…? ¡Madre mía!, ¡Ultramarinero: destápenos forjadas, que esta velada promete¡ A ver, chamancito, cuéntanos…