De dioses y hombres

«De religiones, poco; pero de lo que sí se habla por aquí es de religiosos, y casi nunca bien», le dice Carambuyo Bill al maitro misterioso que lo interroga acerca del carácter de las dicusiones y chorchas que se arman en Los 7 Pilares, sitio de reflexión y tragos en el que todo está permitido, hasta hablar mal del Gobierno, con buenas o malas razones; con pruebas o sin ellas… «Total, aquí ni quién nos escuche; salvo los presentes», agrega el poeta conocido en las tres Californias desde endenantes.

— Hablamos mal de los religiosos sólo cuando hacen maldades como si políticos fuesen — señala El Parara, gurú del infelizaje porteño. Ayer, por ejemplo, un obispo argentino declaró que «fornicar es un vicio» ¿cómo ven? y otro más — argentino también– dijo que en la Olimpiada de Río los atletas no fornicaban antes de una competición, pero que después de ella «¡A coger se ha dicho!»… algo que a los obispos éstos les parece pecaminoso. Allá por las cercanías de la Segunda Guerra, El papa Pío XII se daba vuelo bendiciendo los cañones alemanes (que luego masacrarían a millones)… Los cardenales mexicanos tienen el corazón tan peludo y son tan fascistas y corrientes, que son capaces de aterrorizar a un gatillero de los Zetas.

— Antes de eso, aquí en México, los curas mandaban a la guerra a los Cristeros con su bendición, y con un escapulario que detendría las balas que las tropas del Gobierno les dispararían — afirma La Doñita, ama de casa que algo sabe de bendiciones y de curas.

— Pero también hemos hablado (y hasta eso que bien) — advierte El Parara– de algunos hombres religiosos que han defendido a los pobres. Como los curas de la Teología de la Liberación, con Helder Cámara en Brasil, Ernesto Cardenal en Nicaragua y Sergio Méndez Arceo, en Cuernavaca, al que los fachos que pueblan el alto clero llamaban El Obispo Rojo.

— ¿Entonces, no creen en Dios, señores (y señora)? — Quiere saber el fuereño.

La tribu de ganapanes, teporochos, sesteadores, subempleados, catarrines, empleados de medio turno y vaquetones de tiempo completo sonríen ante la pregunta que ellos ya ni se hacen, pues dan por descontado que cada cuál le rinde culto al dios lar que le acomoda, o le ofrece libaciones a varios, como el Viejo Chamán yaqui, que le canta al dios de la lluvia y el trueno o al de la mar o al espíritu chocarrero que habita el cerro Atravesado…

— Yo no creo en el dios — afirma con voz segura El Bolas, joven ateo de El Calandrio y orgullo de su universidá– . Y no creo, porque se me hacen chingaderas que haya alguien que tolere tanta cochinada y desmadre en esta sociedad plagada de jovencitos sicarios y polecías corruptos; llena de políticos ladrones y jueces venales; atascada de curas pederastas y líderes sindicales sinverguenzas; repleto de generales narcos y mafias sangrientas… Sí, sí (se defiende), ya me han dicho que ése es un argumento muy pendejo acerca de la inexistencia del dios, pero no he encontrado todavía a alguien que me lo eche abajo con razones… Si el dios es omnipotente ¿por qué permite a los malos? Ya me han señalado también que por eso el dios creador nos dio «albedrío» para escoger el buen camino y rechazar las tentaciones del Moñoño, Señor de los Infiernos, pero eso me parece más cruel todavía. Seré muy primitivo, pero el asunto es que no creo nadita en seres superiores que dicen querernos, pero que no manifiestan buenos sentimientos… ¿Y ustedes, palomilla?

La miembros de la canalla porteña nomás tuercen la jeta en un rictus amargoso que jala las comisuras hacia abajo, y luego voltean a ver al interrogador enviado por El Yunque o por el Santo Oficio a sacarles la sopa a estos herejes; pero nanay: el susodicho discretamente se ha largado del ágora de los libertarios, apóstatas y blasfemos, para perderse por estas calles…¿de Dios? «No vaya a caer un rayo divino sobre este antro», habrá pensado.