De dátiles, tradición y ofrenda

“No sólo la cruz trajeron los padrecitos misioneros a la California –hace ver El Viejo Chamán yaqui— traiban espadas a sueldo (por aquello de los desencuentros) y traiban también maíz para amansar a los naturales y parras para el vino, animalitos para proveer de carne y leche y cueros a sus  asentamientos misionales y, cómo no, también dátiles, cuyos huesitos fueron sembrando en los oasis del norte”.

La tribu de infelices que forma su público habitual en Los 7 Pilares lo escucha sin muchas ganas: la calor, las tarifas de la Comisión y la amenaza de huelga en Rofomex han sembrado en ellos el desánimo.

Como que pensar y entusiasmarse con las gestas de la Californiada no checa; no es onda. Pero el brujo de la Pimería anda en estos momentos en el Siglo XVII y hay que darle por su lado.

—Pues sí; los dátiles –dice dasganadón El Bolas, joven piolero de El Calandrio — ¿y qué más?

—¿Se imaginan un oasis sin palmas datileras? Constituyen sombra y alimento. A muchas generaciones de californios les han dado de comer en los Comondú, La Purísima, Loreto, Mulegé, San Ignacio… Los palmeros expertos en pizcar sus frutos son especie en extinción; quedan pocos, ya. El más famoso es Diego Arce, en san Ignacio. Es un babisuri para escalar los troncos y cortar los racimos de amarillos frutos. Aprendió de su padre, Don Tacho, y éste del suyo, Tío Locha, que a su vez obtuvo el conocimiento del primer Arce que llegó a los márgenes de ese arroyo rodeado de tule y carrizos que mis primos cochimíes llamaban Kadakaamán. En la península arábiga (de donde son originarias estas palmas que llegaron al norte de África y luego al sur de España con el Islam, para caer aquí en estos páramos), los beduinos trabajan los vástagos y los tallos recién cortados de sus hojas para hacer infinidad de muebles mediante ensambles magníficos y con las escasas herramientas del hombre del desierto:

elaboran cunas, mecedoras, estantes, cacaxtles, jaulas… ¿Aquí? No; por estos rumbos se aprovechan si acaso, en cercos, ramadas rústicas y uno que otro zarzo para escurrir los quesos.

— Por aquí, en San Juan de La Costa, anduvo un periodista aventurero, sembrando dátiles – informa Carambuyo Bill—. Enamorado de los oasis, Fernando Jordán quería multiplicarlos por toda la península. Yo creo que se murió sin haber probado los frutos de sus palmares a los que parecía apreciar más que nosotros, los aquí nacidos. Propongo un brindis por el espíritu de Jordán, aquí presente –dice el Bill y señala hacia el retrato que cuelga del cuarto pilar, donde el chaparrito chihuahense posa para la posteridad con su arracada en la oreja y la infaltable gorra de marino, de buzo, de vago irredento. Todos hacen libaciones por aquel superhombre del desierto, de la aventura y el periodismo. El Ultramarinero arrima queso de chiva y dátiles enmielados como botana de la casa. ¿Qué mejor ofrenda ritual puede hacer un californio a otro, en el altar de los recuerdos?

El anciano yaqui sonríe, satisfecho.