7 Pilares

De culturero y homenajes

Como muleginitos alrededor de la carnada, los más distinguidos miembros del bajo mundo porteño rodean al hombre aquel, que se resiste a brindar con ellos en Los 7 Pilares, aguaje mísero disfrazado de ultramarinos que en el puerto hace las veces de club social, logia, altar de libaciones y ágora donde se rinde culto a la neurona ajena y a la libertad de pensamiento.

— Han de saber ustedes que no bebo. Los achaques y los médicos me lo tienen prohibido… Pero voy a hacer de cuenta que me vale madre la balacera… Venga pues, una forjada, y sea por Dios.

No falta el acomedido que le arrime una opalina ampolla de vidrio al hombre este, que bebe pausado, para luego hablar con voz suave y educada, pero con clavadísimo acento sudca:

— Pues como les iba diciendo: no me gustan los homenajes, porque el homenajeado tiene que decir un discurso agradeciendo los elogios y las flores. Además, se me hace medio sospechoso que últimamente me anden haciendo homenajes a cada rato, y hasta inventan motivos. Que si la Casa de la Cultura; que si la Normal Superior; que si esto y lo de más allá… ¿No estarán pensando que ya me debo a morir, cualquier día de estos?

— La única gente que se muere, Profe, es la que no hizo amigos ni realizó obra alguna. Los malmodientos y los inútiles no dejan nada atrás que pueda servir para recordarlos –sentencia El Viejo Chamán yaqui—. Pero usted es una institución en Todos Santos y en Sudcalifornia. Además, escribe versos, y eso es garantía de que habrá mucha gente que lo recordará, cuando haga el viaje a donde moran las sombras (que esperamos se tarde, maestro). A propósito: camaradas, el maestro cultiva sonetos, estrofas poéticas de catorce versos y once sílabas cada uno, que tienen un alto grado de dificultad… Pero a él se le da ese arte de relojería, de joyero.

— Promover la cultura en un pueblo como el nuestro, que sabe leer pero se niega a hacerlo, es una tarea difícil, perra, ingrata –interviene La Doñita—. Pero aquí el Profe es más terco que la mula que tiró a la Virgen, y se la ha pasado peleando presupuestos y ayudas a cuanto político, funcionario, delegado, alcalde o gobernador se le atraviesa o se le pone a modo. Sin él, Todos Santos no tuviera Casa de la Cultura, y del Teatro Márquez de León no hubiera ya ni las paredes. Su labor ha/

— Mejor vamos contando charras –interrumpe el santeño, chiveado—. ¿Se saben ya la de aquel pescador, viudo, de Los Lobos, al que se le antojó una caguama? Pues reeesultaaa…

Las anécdotas picantes de este culturero impar van desgranándose una tras otra, arropadas por las carcajadas de la tribu pilareña que lo apapacha y todo le celebra.

Bien merecido se lo tiene.