De conspiraciones y apariciones

Conspirativos y misteriosos, los extranjeros se reúnen en casa de uno de los primeros en arribar a este pueblo de la antigua California y deslumbrarse con la belleza del lugar. Parecen considerar que ha llegado el momento de hacer sentir sus preocupaciones al resto de gringos y uno que otro europeo que se han ido asentando en estos territorios bañados por el Pacífico. Si no se unen para imponer el orden y el respeto a sus propiedades y a sus costumbres, los californios cholleros van a terminar por subvertir el Edén y, malaconsejados por líderes sin escrúpulos (¿qué ser «escrúpulos»?) quizá se les ocurra la peregrina idea de echarlos del país. El primer acuerdo es que esta noche van a comunicarse en español, pues en el grupo hay dos franceses, una japonesa y tres italianos que han pedido a la mayoría gringa usar esta lengua que más o menos todos mastican.

–Gran error el de nuestro Senado, que debió haber aceptado la Baja cuando el gobierno mexicano la puso en venta –dice Peter, quien presume saber Historia– nos habría ahorrado estos problemas/

— Aquello es agua pasada, verga. Debemos organizarnos hoy, hoy, hoy –interrumpe Samantha, valquiria de grandes pechos, cintura de rotoplás y carácter de vejori con la rabia–. Estos putos necesitan una madriza ejemplar pa que no se anden con protestas, marchas, quejas y la chingá (nótese en la dama el perfecto manejo del slang regional).

Los aplausos y voces de aprobación hacen que la superwoman se ruborice, satisfecha con el impacto de su intervención. La pausa es aprovechada por Barry, un arizoniano que de joven trabajó en Hollywood como electricista en estudios de cine, pero él presume de guionista expulsado por un tal Ronaldo Reagan durante el macartismo.

–Ahora resulta que unos pescadores incultos van a poder más que nosotros, que hemos venido a colocar a Todos Santos entre los mejores sitios del planeta para vivir, descansar, crear arte, filosofar y hasta escribir nuestras mejores piezas. Yo, por ejemplo, estoy ahora desarrollando un guión acerca de un millonario que, con toda sus riquezas, añora la infancia en que –feliz e indocumentado– se deslizaba con su trineo de nieve por/

–Se me hace que ya se te adelantó un tal Orson Welles, bembo –ataja Peter, el historiador, quien propone un plan para reventar no sólo a los pescadores insurrectos, sino a cuanto radical-comunista- yihadista se atreva a enseñar los cuernos en el horizonte antes tranquilo del pueblo. «Propongo que vayamos todos con el Gobernador y lo amenacemos con retirar nuestros capitales, nuestras ayudas sociales, nuestros programas de apoyo al arte y la cultura, si no decreta un estado de sitio para Todos Santos y mete al bote a los protestantes y a los líderes insensatos que los azuzan y cuchilean. Si se niega, llamamos en auxilio al Senado de los Estados Unidos de América, para que envíe desde San Diego un acorazado de la Sexta Flota con marines y proteja los intereses estadounidenses en la zona. Como en 1847. Hagan de cuenta».

Sopesan los reunidos la genial propuesta, cuando una voz de cantos rodados los sacude:
— Vergüenza debería darles su actitud, señores avecindados en este paraíso. ¿Pretenden acaso morder la mano de quienes los han acogido y hasta protegido contra sus autoridades? ¿Ya olvidaron cómo los todosanteños escondían a los jóvenes conscriptos que huían de la guerra de Vietnam, dándoles información torcida a los que venían por ellos, enviados por el Pentágono y el FBI? A ustedes mismos, ¿no los han acogido como hijos y consecuentado sus malosmodos? ¿No les toleran acaso que alquilen ustedes sus casas como hostales, sin pagar impuestos? En vez de andar de conspiradores malagradecidos, léanles la cartilla a esos empresarios que aquí vienen a corromper autoridades y a actuar con prepotencia… Apoyen a los pescadores en sus justas reclamaciones de playa… pónganse alguna vez del lado de la libertad…

Devuelvan los servicios prestados por esta gente, que está siendo violentada en sus derechos. ¿Ya olvidaron a Jefferson, a Lincoln? ¿Ustedes, franceses, a Marat, a Robespierre, a Prouhdon… y a Garibaldi, a Malatesta, los italianos? ¡Órale, en vez de conspirar contra la gente jodida, váyanse a ver cómo la ayudan en su movimiento!

En la entrada principal de la elegante residencia (a la que entró nadie sabe cómo), el que así habla es un anciano de cabellos blanquísimos, curtido por las miles de collas que le han acariciado el oscuro pellejo, que mira a todos y cada uno con ojos como brasas. Apantallados con la aparición, ninguno le replica. Todos callan y, cuando el chamán, brujo, demiurgo o haiga sido lo que haiga sido desaparece en medio de una neblina misteriosa y hedionda, espantados y mustios empiezan a salir a las calles y a la noche de este pueblo mágico que desde endenantes alberga toda clase de bichos.