De conferencias y diferencias

El cabezón éste llega a Los 7 Pilares con la fresca. Les dice a los muertosdehambre reunidos en el semiclandestino aguaje que es un intelectual mesteño, y que va a tirarles un rollo para ver si lo aprueban, porque ha de dictar una conferencia en la Academia Mexicana de la Lengua sobre la  sudcalifornidad. Sin esperar aprobaciones, dispara:

«La sudcalifornidad es un concepto ciertamente huidizo: todo mundo siente, cree saber qué es, porque le late, porque sus manifestaciones ahí están, andan en el ambiente, pero es tan ubicua su esencia a la hora de explicarla, que a más de uno de los aquí presentes su definición nos provoca trasudores fríos, fiebres tercianas y hasta alferecía.

Es pues, la mentada sudcalifornidad, un modo de ser que nos diferencia: está en el habla cotidiana que nos hace tragarnos la ese final en las palabras, y hasta sílabas completas, porque: pa lo que hay qué decir… ¡Mé! Es un modo que se muestra en la actitud algo desenfadada con la que enfrentamos la adversidad económica: “Jodidos, otros, ¿no?” O en la forma como capoteamos los cíclicos ciclones que nos sacuden un veranillo de estos y llamamos con estudiado desdén “chubascos”, porque su fuerza no es pa tanto y porque a los aquí nacidos y criados ¡nos pelan el quiote! Es modo que se manifiesta en la paciencia con la que toleramos a los malos y aun a los pésimos gobernantes que nos ha dado por elegir; porque, fatalistas, decimos: pue allá ellos, pué, total…

Somos más o menos malcriados, boquiflojos, fachadientos, presumidos, berrinchudos, cabroncitos, malmodientos, flojos, vaquetones, buenospanada, alegadores, encandiladores, escandalosos, gruñones, mitoteros, partidarios de la siesta vespertina, matreros, pisteadores a deshoras, regionalistas a ultranza, retobados, isleños, desconfiados, amachones, sacalepunta, informales, separatistas, tercos, machos por los cuatro costados y sospechosamente homofóbicos, creídos, racistas, confianzudos, mentirosos, impuntuales y tardones pa arrancar (nadie es perfecto); pero también nos da por ser joviales, llevados y tan carrilludos como tolerantes, buenagentes, entusiastas, juguetones, lurios, charreros, más sarcásticos que irónicos; hospitalarios si no abusan; aguantadores del hambre y la sed cuando no hay de otra; serviciales, pero a nuestro modo, ¿eh?, sin servilismo, y siempre y cuándo no quieran contratarnos para atender turistas y sonreír como si lo disfrutáramos, o para meserear en los restaurantes cabeños, o para vender tiempos compartidos o para ir a levantar cosechas al ejido Melitón Albáñez — asunto éste sólo de tagualilas o guajacos– ¡Mé, ya me vieera!

Hasta los años 60 del siglo que pasó, fuimos alegres pleitistas de callejón y buenísimos pa las patadas (como los sudafricanos, como los tailandeses) pero la llegada a esta isla del karate y de los sinaloenses cuernos de chivo nos ha bajado un poco el ánimo para el rudo deporte de la pendencia callejera. No tiene caso, decimos; uno ya no puede agarrarse a chingazos a gusto, por puritita adrenalina placentera, como cuando Rogelio Pozo y El Jaibo Carlón, o cuando el Loco Lizardi, o cuando el profe Chucho Castro, allá en Cachanía, se llevaba pateando a su adversario desde Calle Ancha hasta Ranchería; o más acasito: cuando El Quilliqui, o… ¿Se acuerdan? No, ya no nos gusta. Capaz que… ¿no? Mejor ai muere.

La sudcalifornidad, amigos, entrañable fauna local, se manifiesta, es, se entrevera en nuestra cotidianidad, pero –como en el cuento del rey vanidoso y el sastrecillo burlón— sólo puede ser aprehendida cabalmente por los iniciados, los que la hubimos bebido de la ubre materna: los insulares. Tiene códigos sólo perceptibles por ese sexto sentido (que no es sólo el oído), cuando en el Metro defeño escuchamos a nuestras espaldas, allá lejos, un identificatorio ¡qué verga!; un sexto sentido (que no es sólo el de la vista) cuando columbramos allá arriba, en la lejana butaca de un parque de beisbol de Chetumal o Saltillo, a un tipo vestido con short, botas mineras, camisola floreada, sombrero australiano y una cerveza en la garra siniestra, gritándole al ampayer alguna puntada hiriente y corrosiva, al más puro estilo cachaniense o todosanteño. Un sexto sentido (que no es el sólo el del gusto) cuando le hincamos el diente a un chopito de apoyos envuelto con delicada parsimonia en una de harina, emboquillada con refritos…Un sexto sentido (que no es sólo el del olfato) cuando por la nariz del californio entra el olor a tierra mojada, fecundada al fin, luego de tres largos años de sequía.

En cada rincón de Sudcalifornia el modo cambia: una hermosa  loretana, una graciosa comundeña, una juncal mirafloreña o una reposada belleza ignaciana tendrán sus diferencias, pero en todas ellas brota unificado el espíritu, la clase, el modito singular, único, que ha de diferenciarlas, aun en silencio, de las de fuera, las fuereñas, las cuchiviriachis, las chilangas.. uuuuh, cómo jodidos no. Cómo se nota que no es de aquí, verdá? ¡Luego luego!… A poco no. Y no pregunten cómo es que se nota, porque el interrogado se ofende: «Mira pué: cómo chingá no voa saber?» De ese pelo las definiciones. Lo que es la ciencia.

Así nos percibiríamos nosotros, supongo, si un día de estos nos diera por ejercer alegremente el áspero ejercicio de la autocrítica. Lo interesante, lo verdaderamente peliagudo sería saber, enfrentarnos a la imagen que de nosotros tiene el resto del planeta. ¿Alguien entre ustedes se atreve? Ni se les ocurra  levantar la mano, que fue sólo una pregunta retórica. Yo tengo patente de corzo… A los periodistas, a los intelectuales mesteños y a los gobernadores (por malos unos, por malditos otros) todo se les tolera. Y aun así, voy a salir de esta logia espichadito, no vaya a ser…

¿La sudcalifornidad y la universalidad? ¿Dónde se encuentran, dónde se tocan tales categorías? Fácil: Sudcalifornia es el ombligo del planeta; Sudcalifornia es el centro de la galaxia. Sudcalifornia es el non plus ultra del universo. Alguien de por estos rumbos, — medio al puntón, eso sí– , me transmitió la información una vez, y muy en plan de confidencia, volteando a lado y lado, en plan decididamente conspirativo, me confió: “Mira: si La Paz no es actual sede de la ONU, obedece a las intrigas complotistas que los gringos han tejido desde 1945 en favor de Nueva York. A poco no”.

El autonombrado intelectual mesteño y próximo conferenciante en CDMX no es aplaudido ni abucheado por el infelizaje. El desdén de la perrada cae sobre sus lomos y debe salir a las calles del puerto con un enorme signo de interrogación pendiendo sobre su cabezota.