De chamanes y escritores

Cuando la palomilla que frecuenta Los 7 Pilares está más aburrida que un cuico de tránsito en Punta Abreojos, no falta quién le ponga  al Viejo Chamán yaqui en la garra izquierda una botella fría y le pida que se enchufe a la Internet, para que el brujo entre en frecuencia con lo que sea. Alguien acaba de hacer la petición colocando en la zurda una opalina al anciano. De su voz de piedras rodantes sale de inmediato este rollo:

–«Si a los 80 años no estás tullido y gozas de buena salud, si todavía disfrutas una buena caminata y una comida sabrosa, si duermes sin pastillas, si las aves y las flores, las montañas y el mar te siguen inspirando, eres afortunado y deberías arrodillarte en la mañana y en la noche para darle gracias a tu dios por mantenerte en forma. Si no te has quedado culiatornillado en alguna oficina y si te sigue emocionando un buen culo o un magnífico par de tetas; si te hace feliz vivir al día, si puedes perdonar y olvidar y evitar volverte amargado, cascarrabias, resentido y cínico, hombre, ya vas de gane».

La perrada se sorprende ante la desfachatez del párrafo que el ViejoChamán encontró al azar en el hiperespacio, y como el anciano no cita autores ni da crédito alguno, ha de ser Carambuyo Bill, hombre de letras y de mundo, quien explique a la canalla porteña de dónde sacó el yaqui tal párrafo:

–No puede ser otro que Henry Miller, un escritor gringo que hasta hace poco estuvo prohibido en Estados Unidos por grosero, malvado, obsceno… y comunista, claro. El texto viene en un librito de ensayos al que tituló Al cumplir ochenta, cuando Miller tenía setenta.

El nacido en la Pimería sigue en la frecuencia:

–«Lo que importa son las cosas pequeñas, no la fama ni el éxito o el dinero”.

–Mismo autor, mismo libro—señala el Bill.

–“Este no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. Es un insulto prolongado, un escupitajo en la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza… a lo que les parezca. Cantaré para ustedes, desentonaré un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras se mueren, bailaré sobre su inmundo cadáver… Para cantar, primero hay que abrir la boca. No es necesario tener un acordeón ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así pues, esto es una canción. Estoy cantando”.

–¿Es el mismo loquito? –Pregunta el Bolas, joven intuitivo de El Calandrio.

— El mismísimo Miller –confirma Carambuyo—pero en un libro diferente: una novela que tituló Trópico de Cáncer, en la que amontonó todas las perradas que le ocurrieron y se le ocurrieron en París, donde anduvo algunos años de lángaro, antes de la Segunda Guerra.

–¿Lángaro así, como nosotros? –quiere saber el Bolas.

— Bueno… no es lo mismo ser muertodehambre en esta isla que vago en París. Y con el agravante en contra nuestra de que el Henry sí escribía, y bastante bien (no como otros) —remata el Carambuyo con un dejo de envidia–.    Propongo una libación por el gringo aquél… y por el Viejo Chamán yaqui, que nos lo ha traído a este lugar de disipación y vaquetonada.

Todos beben. El bardo de las tres Californias dispara.