De capitanes y décimas

«No hablemos hoy de la Maña y sus sangrientas acciones», pide el Ultramarinero a la tropilla de malandrines reunida esta tarde, como todas, en Los 7 Pilares.

–¿Ni de los cinco cochiatentados que les aplicaron a los vendedores de carnitas? –quiere saber el Bolas, joven atrevido de El Calandrio y orgullo de su universidá.

–Tampoco. Eso parece cobro de piso, y resulta muy peligroso  para la paz social, –sentencia el patrón del antro, que hoy amaneció prohibicionista.

–¿Esa paz social que acaba de inaugurar el supremo Gobierno en el Malecón? –Pregunta la Doñita con voz suave y medida, inocentona.

–Ha de ser –afirma cauteloso Carambuyo Bill. Pero si no vamos a hablar mal del supremo Gobierno ni de su aliada La Maña ni de la cínica clase política que nos oprime y no nos repesenta, entonces déjenme recitarles una décima que les va a gustar. Se llama:

El Capitán almorávid Muhammad-Ibn-Tarif, abstemio.

Nacido en Alejandría,
apuesto, gallardo, fino,
nunca jamás tocó el vino:
el Islam se lo prohibía.

A falta de tal, había
adquirido, en sus rapiñas,
y por culpa de otras viñas,
la costumbre pintoresca
de beber la sangre fresca
de dulces, pálidas niñas.

 

La tribu de muertos de hambre se sorprende con la décima del Bill, pero el Parara salta:

–Yo me sé otra. Se titula:

Lo último que perdió el capitán magrebí Yusuf-Al-

Mutamid, llamado «El Sol»

El Sol de los magrebíes
apostaba todo al juego:
alfanjes, armas de fuego,
dinares, luises, sequíes,
mujeres, naves, rubíes.

Y no satisfecho dello,
jugóse una vez el cuello,
y en la malhadada apuesta
no sólo perdió la testa:
perdió, también, el resuello.

 

El infelizaje aplaude la gracia de las tales décimas, y es entonces que la Doñita se lanza al ruedo con ésta:

                  Los hábitos del capitán marica Henry-Kahn

Capitán filibustero
de un barco de maricones,
gozaba encajando arpones
en el efebo trasero
de un ebúrneo marinero.

Y él mismo, a hora temprana
–cinco o seis de la mañana–
encajábase en su nicho,
del mozuelo susodicho,
toda entera, la banana.

 

Asombrados y sonrientes ante la osadía pícara de esta ama de casa de buenas familias, los miembros del infelizaje que recalan en el aguaje aplauden.

–Parece que también a usted, señora, –gruñe Carambuyo– le regalaron la antología de textos de Fernando del Paso que editaron varias instituciones culturales, para conmemorar el Día Nacional del Libro. Felicidades.

–Leer, ¿sirve acaso para enfrentar a la delincuencia? — quiere saber el Juntabotes mentado.

–El supremo Gobierno lo ha dicho, en la fiestecita que organizó en el malecón porteño: Cultura, deporte, regaños familiares a los plebes para que no le entren a la grifa y a las pastas… Con eso ayudamos a que revienten los carteles de la droga –aclara Carambuyo. ¿No sería mejor despenalizar el uso de la mota? Así le quitarían un buen ingreso económico a La Maña. Aquí se mueren nuestros jóvenes a balazos cruzados entre las llamadas Fuerzas Armadas y los narcos, mientras en Estados Unidos legalizan el uso de mota con fines recreativos… ¿No andamos atrasados y pendej/

–Quedamos en que no íbamos a discutir sobre crimen organizado y políticos asociados –ataja el Ultramarinero, patrón de este aguaje permisivo pero no tanto.

–¿Qué, ya le vinieron a cobrar derecho de piso, mi Ultra?–grita alguien de por allá, entre la bola.

Silencio. Pesado, temeroso silencio. Así se bebe el resto de la tarde de este martes 15 de noviembre. Nadie desea oir más décimas de Fernando del Paso, ni de Sor Juana ni de nadie; ya no está el horno para nada. Qué sal.