De amenazas y resultos

Como zombies, atufados como perros regañados, arracimados en un rincón de esta ramada que hace las veces de ágora del infelizaje, los sin tierra ni tarjeta de plástico ni segunda camisa rumian sus tribulaciones. La calor reinante en la isla los trae turulatos, patidifusos y como ausentes. «No me hallo» es la frase que podría definir el estado anímico de la mayoría. En esas andan, cuando un emisario oficioso del que despacha en Palacio hace su entrada a Los 7 Pilares y se va arrimando a cada uno de los parroquianos habituales en el semiclandestino aguaje para susurrarles — misterioso y bembo– el siguiente mensaje: «Me informan que ha dicho el señor que no va a tolerar críticas a su gobernanza… Quesque ha dicho también que los que se malporten en los medios deberán olvidar los contratos de publicidad, las invitaciones a las rifas del Día de la Libertad de Prensa y a las giras y a los saraos y a los bonos navideños y a los chiqueos y demás prestaciones conexas… Eso dicen que ha manifestado el señor, molesto y encabritado por los arteros ataques que le asestan reporteros sin fuente adjudicada, periodistillas de escaso pedigrí y sin sede conocida o en medios de escasa audiencia… Señalan que ha comentado entre sus colaboradores más apegados, que una cosa es la libertad de expresión y otra cosa es otra cosa, o sea…”

La perrada variopinta que sestea y se refugia de la calor en el aguaje más libertario de entre el golfo y la mar océana entre los paralelos 22 y 36 grados de latitud Norte, se le quedan viendo al mensajero con ojitos arrendijados y una mueca grupal que podría traducirse en un sintético ¡mé!

— Nunca, nadie, se ha arrimado a esta logia del pensamiento libertario trayéndonos mensajes prohibicionistas –afirma el Parara con voz mesurada pero firme, desde el cuarto pilar de la ramada– . ¿No viste el letrero que cuelga sobre la barra?

— ¡Que-lo- le-a, que-lo- le-a –corean divertidos los parroquianos, mientras observan con descaro al mensajero oficioso de Palacio, y éste debe apechugar: — “Pro-hi-bi- do pro-hi-bir” –frasea con evidente dificultad y todo chiveado el maitro éste.

— Esa consigna anarca –le informa el Bolas, joven informado y orgullo de su universidá—no la inventamos aquí; nos la trajo el Viejo Chamán yaqui de París, en mayo del 68. La hemos adoptado como nuestra divisa. ¿Captas? Bueno, ya entregaste el mensaje (que damos por recibido), y ya puedes regresar a la fuente de gracia de donde procedes, pero antes deberás ordenar al Ultramarinero y patrón de este antro, tres rondas de cetáceas forjadas para la palomilla… y pagarlas, desde luego. Si después de cumplir con el ritual obligatorio a los primerizos, deseas quedarte y seguirla con nosotros…

Se bebió y se discutió y se criticó a los cuatro niveles de gobierno (Trump incluído) hasta que las palomas pitayeras iniciaron su canto en los ramajos cercanos.