De alas y sonidos

El Juntabotes mentado está contando unas vivencias en Los 7 Pilares. La perrada habitual ha sido debidamente maiceada con bebestibles para que escuche atenta:

“Mi cueva (que es la vuestra, miente con elegancia) es  visitada cada amanecer por aves de diversa condición, plumaje y canto. Bueno, no mi cueva, sino el enorme ramajo que ha creado una buganvilia cuarentona que cubre esta mi madriguera con el verde de sus hojas y el carmesí, dorado, salmón y blanco de sus flores. En su follaje intrincado se refugian y alimentan gorriones, palomas, lelos, cardenales negros, guitacochis, chiviritos, calandrias, carpinteros, torcazas, chureas, pericos cimarrones, chuparrosas, de vez en cuando un nocturno tecolote y, cada mañana, un cenzontle, que con su recital ocupa y cubre todo el ámbito sonoro del ramajo. Imitador de todos sus congéneres –-chacuacas incluidas—  ha empezado a incursionar sin ascos en la posmodernidad imitando el sonido de los teléfonos celulares. Nos prueba con esto que su afán de copia es ilimitado. (Por fortuna, sus cuerdas son tan delgadas que difícilmente lograrán reproducir el tubo de escape de la Harley que el cincuentón vecino enciende y acelera ruidoso y lurio, cada domingo que sale a tirar rostro por el malecón o por la carretera que lleva al sur de la isla). Pero volvamos a la buganvilia, donde todo un universo alado trina, silba, gorjea, chifla, chirría, zurea, chilla, canta y aletea en escaramuzas breves por algún quítame estas pajas (cómo no), o se acaricia gozoso en orgásmicos deliquios posprimaverales (¡qué frase, camaradas!).  Interrumpo entonces mi consulta a los valores del aluminio en Wall Street, apago la Laptop y concentro mi atención en el gorjeo brillante y enjundioso del cenzontle, que domina a los otros cantos, como lo haría un cuarteto  de cuerdas atacando la Opus 135 del Divino Sordo, al solo de violín del Loro, el de Caduaño (“QEPD y Con todo respeto”, como dicen en su descargo los políticos chinampos cuando ofenden).

No creo en dios alguno, pero este cabrón cenzontle paceño me pone cursi, cada mañana, cuando saluda los primeros rayos del Sol con esas escalas magistrales y esos regodeos estilísticos que maravillan a cualquiera (hasta a la clase política, siempre zafia).  Señor  Ultramarinero, atiéndanos con destape grupal, que tanto rollo insustancial nos ha dado sed. ¿Verdá palomilla?”

La canalla porteña puja y asiente jubilosa. Hay que enfrentar la calor nuestra de cada día con ampollas de frialdad y algo de alegría de vivir. Cómo de que no.