De aguaje e identidad

“Los californios brotamos del aguaje. Nuestra cultura fue posible gracias al aguaje; sin él, nada somos; nada podremos ser sin su influencia: todo gira a su alrededor. Somos producto de una cultura original cuya primera referencia es el aguaje”

El Juntabotes suelta la parrafada como rezando, con cierto engolamiento en la voz y con la vista desparramada hacia las vigas de la ramada (o hacia el horizonte cultural ¿quién sabe?). La mancha de cabecitas negras que a Los 7 Pilares concurre cada día para renovar el espíritu con mitote, filosofía cimarrona y bebestibles frescos, lo escucha con mediana atención. No está el palo pa cucharas, ni el horno está pa birotes. Las perradas cometidas por la CFE y el SAPA con sus tarifas abusivas a todos traen con escaso humor para la antropología de campanario que el Zar del Aluminio acostumbra.

—¿Y de dónde sacas el argumento justificatorio de tu afición por las forjadas de este antro, Juntabotes? –inquiere El Bolas, joven investigador de El Calandrio.

— Son palabras de la doctora Michelín Cariño, de la UBCS, en una reunión reciente en la que se habló largo y tendido sobre los aguajes californios. Y va más allá la doctorcita esa: afirma que el aguaje es parte fundamental de nuestra identidad… ¿Lo ven? Ya lo decía yo… Pero tenía que ser afirmado por una eminencia universitaria para que, entonces sí, fuera tomada como tesis. Déjenme completarle la idea a la doctora: Sin el aguaje estamos perdidos. Nuestro espíritu necesita del auxilio existencial que sus humedades nos proporcionan… ¿Y qué decir de la compañía gratificante de otros californios, con su plática, su humor especial y sus puntadas? Tienen razón los científicos sociales cuando aconsejan declararlos “Patrimonio de la Humanidad” y cuidarlos de la contaminación… Nomás piensen en la posibilidad bárbara de que a los gobiernos represores se les ocurra combatir con regulaciones burocráticas (o policías) estas guaridas donde la verdad aflora, la neurona transpira y la libertad resuella… Imaginen ustedes, camaradas, que con la Escalera Náutica empiecen a proliferar en este barrio los “pub” con cerveza al tiempo; las cervecerías alemanas con cantantes tiroleses vestidos con pantaloncitos verdes y sombreritos de mamarracho; los antros muy majos, con tapas y vino a lo madrileño… ¿Qué va a pasar con nuestros semiclandestinos pero sacrosantos aguajes? ¿Qué será de Los 7 Pilares, esta ramada impar, bebedero folclórico, el más reputado de la Mar del Sur en su margen occidental?

Como en las películas mexicanas de cuarta, un murmullo soterrado e ininteligible recorre el ágora de los sin tierra, y una voz anónima salta: “¡Defenderemos lo nuestro!” y las interjecciones y pujidos aprobatorios menudean, también como en película de las que se filman en una semana.

Cuando La Doñita toma la palabra para explicar a la tribu que la doctora Cariño se refirió a los aguajes, oasis, manantiales, tinajas y lloraderos peninsulares como centros de la estrategia civilizatoria jesuítica y más atrás, como centros de verdor que alimentaron a las bandas de aborígenes californios, la raza está ya prendida en la defensa del aguaje; de “su” aguaje y nada más quiere saber. Así se hacen los chismes.