7 Pilares / Un día, un general

juan melgar

Cuando lo vi salir frente a mí de entre los ramajos sacudiéndose las hojitas que se le habían pegado al traje camuflado, lo reconocí: era el mismo gringo flaco y alto que aparecía en los viejos noticiarios del cine con una varita de metal señalando barcos miniatura en una mesa: era… ¡Eisenhower! ¿Pero qué hacía en mis territorios, en los años 50, armado con una escopeta quebrada sobre el hombro derecho y manoteándose con la zurda las hojas de chicura pegadas en la chaqueta? Andaba de cacería, claro, pero ¿qué piezas buscaba? Nos vimos a los ojos con fijeza. Yo habré tenido la bocota abierta, de seguro, porque me sonrió y me dijo: Hy, boy. Pasé mi tirador de ligas de cámara de llanta a la mano izquierda y le hice con la derecha en la sien el saludo militar que todo general de cinco estrellas espera, aun de un chamaco de 9 años con cara de menso como yo. Se dirigió en inglés a su guía, un compa que venía tres pasos atrás, y éste me tradujo:

         –Dice que si quién eres y qué cazas con tu resortera.

         –Soy Hugo Payén, y mato chacuacas y palomas –le dije.

         Sonrió el viejo y volvió a hablar pausado, viéndome con descaro.

         –El General piensa que no eres muy bueno tirando, porque no llevas nada en el morral.

         Metí en la honda una bolita de plomo fundido y giré haciendo blanco en el centro de una raqueta de nopal que estaba a veinte pasos; rápidamente cargué el tirador e hice blanco en la misma raqueta, a unos centímetros del primer agujero.

         Las colas de sus cejas bajaron y se le amplió la sonrisa cuando soltó en español un ¡Bravou, hombrei!, que yo recibí esponjado y orgulloso. Para el viejo había dejado de ser un boy. Olvidé el reclamo por cazar en mis terrenos y nos separamos en silencio.

         Tras ese encuentro breve y sorpresivo en la planicie grande que baja de la sierra de La Laguna, en las cercanías de Santiago, no volvimos a coincidir. Sería tal vez porque nos movíamos regularmente en ámbitos diferentes.  Él andaría cazando antílopes en el desierto de Kalahari o haciendo amarres políticos en Washington DC, quizá, mientras yo batallaba con el álgebra en la secundaria pero con el pensamiento puesto lejos del aula, en aquel guamuchilillo donde acabaría de llegar una bandada de palomas serranas así de gordas.