7 PILARES / En Abreojos quedó El Pocho

Tienes apenas 40 años y ya estás harto de todo: de las guerras, la política, la economía y hasta de la familia, si así hay que llamar a la que hoy es tu viuda, porque desapareciste de su mundo hace cinco años y estás ya oficialmente muerto. Que ella cobre la pensión, pues nada o casi nada necesitas para vivir aquí, en este paraíso.

Explícate. Eres un méxicoamericano sin nombre cristiano, pues prefieres que te llamen “Pocho”. Tras combatir por los aliados en Francia, Bélgica, el Norte de África e Italia, regresaste en 1944 a Los Ángeles medio sordo y con un brazo menos. Lo bueno es que no estás loco. (Bueno, eso crees, puesto que ¿qué trastornado se asume como tal?) Dejaste a tu esposa al salir del hospital militar. Te embarcaste en un atunero de la flota en San Pedro sobornando al capitán, que no quería incorporar a un manco en su puerco bote porque, según su dicho, “no servirías ni para pelar papas en la cocina”.  El Revenge era una miseria flotante: pequeño, feo, sucio, celoso y además torpe para navegar, por lo que cada temporada de pesca debía renovar tripulación, que huía despavorida de ese bote y de ese capitán, un sujeto de corazón peludo. Tú duraste a bordo apenas dos semanas: cuando descubrió que guardabas los ahorros en el jergón del camarote, se las arregló para empujarte por la borda en una noche de tormenta y reportarte luego, al término de la temporada, como “perdido en alta mar”. No habrás estado lejos de la costa, pues luego de flotar dos días con sus noches, las corrientes te dejaron en una playa solitaria del Pacífico donde te recogieron unos pescadores de almejas para llevarte a su campamento, diez casuchas de madera y cartón que se llamaba Punta Abreojos.

Tanto te gustó el lugar que decidiste quedarte. No había autoridad municipal ni policías ni burócrata alguno al cual dar razón de tu origen. Cuando alguien te preguntó de dónde venías dijiste que “del norte” y asunto arreglado. Compartes con cascabeles y coyotes el viejo faro que está en la duna alta cercana al campamento y tienes en sus paredes refugio de los nortes que a veces soplan aulladores por semanas, y agua en el antiguo aljibe que recoge el líquido que escurre del techo durante las escasas lluvias. Pescados, mariscos y liebres conforman tu dieta de Robinsón, que completas con la harina y el café con que te pagan los pescadores cuando les arreglas un motor fuera de borda, algún carro, pues alguna vez fuiste mecánico.

Hoy amaneció con frío y la neblina cerrada sobre las dunas, pero a media mañana se despejó y el sol entibió todo. Bajarás la colina del faro y caminarás hacia el estero enorme donde millones de crías de peces se desarrollan para vaciarse luego en el Pacífico, este océano que dá mazazos contra la punta negra que lo acuchilla desafiante cada minuto desde que el mar es mar. Cruzas el estero y a tu derecha, a unos metros de donde la espuma se desliza siseante para lamer tus botas de caucho, una colonia de lobos marinos duerme la siesta tras revolcarse en la arena para cubrirse de las moscas. Aquel macho viejo, frentón y bigotudo, sueña quizás con la orca que años atrás le arrancó media aleta y le dejó un muñón por el que asoma el hueso. La granada que se llevó tu brazo ya la olvidaste y no tienes pesadillas. No hay lugar en Punta Abreojos para ellas. Las sensaciones ocupan tus sentidos: el golpe rudo del oleaje sobre los riscos a tu izquierda; el agua derrotada que se desliza y retrocede para filtrarse en la arena maciza; el vientecillo que teje melodías primitivas en los chamizales del médano a tu espalda; el sol que reverbera en la joroba mansa de las olas allá lejos, donde pelícanos, tijeretas y gaviotas participan en el frenesí alimentario del comerío que les brinda un banco de sardinas a barracudas y jureles… ¿Quién malgasta su tiempo revolcándose en las miserias de una guerra que fue mundial pero que aquí nadie recuerda? Tú tampoco, ya. No sé cuántos años más te reserve la Madrecita Naturaleza aquí presente, pero te los bebes segundo a segundo, minuto a minuto, cada día que el Sol se asoma por el horizonte para iluminar la punta del médano Amarillo y cada vez que se oculta enrojeciendo las aguas del Pacífico. Y el espectáculo continúa a la anochecida con la Vía Láctea, las constelaciones, la luna. Desde que llegaste a este tu espinoso y árido paraíso has estado siendo sólo presente perfecto. Eres, “Pocho”, uno con tu Punta Abreojos.