7 Pilares / Diego era palmero

Juan melgar

Es hora, Diego, de que te levantes. En la cocina, Lupita ya te tendrá el vaso de peltre grande con café negro caliente, dulce. Lo beberás en el porche viendo hacia la huerta, a la acequia que viene del manantial que llena la presa donde concluye esa corriente de agua que en los mapas aparece como “río de San Ignacio” y que forma el oasis con miles de palmas datileras que el viajero deja atrás para entrar al desierto de El Vizcaíno. Eso, si viene del sur. Porque si viene del norte, va a dejar atrás el datilar oliváceo para encontrarse con el malpaís rojo quemado del volcán de Las tres vírgenes para deslumbrarse luego con el golfo azul de California, allá abajo.

         Habrás pensado todo eso mientras sorbes pausado y ruidoso el café colado. Va a tardar el sol en iluminar los copetes de las palmas, porque estás justo al pie de la brillante ladera este de lava que las corrientes de agua y el viento han ido descubriendo y labrando durante miles de años para formar el cañón. Un siglo atrás tu abuelo Locha adosó los adobes a la roca prieta, y el techo de palma es desde entonces resbaladilla, continuación de esta enorme pared volcánica. Recibes el envoltorio de manta en el que llevarás burritos de frijol y machaca de langosta secada al sol, esa que tus hermanos traen de la costa cada fin de temporada. Coges el machete de dos palmos que cuelga del techo, enfundado en la cubierta de cuero que el primo Bonifacio hizo en la sierra hace ya sus años pero que sigue dando servicio sin agrietarse. (Está curada con aceite de caguama). Amarras a la cintura con gesto mecánico tu instrumento y desciendes por los escalones de laja y tierra hacia la acequia por cuyo borde caminarás hasta la huerta del Chacho, cerca del pueblo y la Misión, donde vas a pizcar unas doscientas palmas, a uno cincuenta cada una. Eres el último pizcador que queda en el rumbo. Hay quienes te aconsejan cobrar más por palma, pues todo es más caro y tú sigues cobrando lo mismo desde hace décadas. Además, el oficio de palmero es peligroso: una caída desde quince metros, una víbora escondida entre los tallos viejos… Nada dices al consejero; sólo sonríes. Que cada quién le ponga precio a su trabajo y no al ajeno. “Que cada chucho lama su pito” diría tata Locha.

 Recuerdas al Gordo, ese que venía por ti para que le pizcaras la palma gruesa, la que daba dátiles maduros en el racimo, sin necesidad de colocarlos en la asoleadera. Hacía colocar lonas alrededor de su palma y se sentaba a esperar que tú le cortaras los racimos con cuidado para hacerlos descender con suavidad por la cuerda que un ayudante del Gordo sostenía. Algunos de los dátiles enmielados, negros, que caían sobre la lona eran llevados al obeso sibarita que los degustaba con fruición, ojos entornados, gemebundo, piernas gordezuelas en posición de loto. Orgasmos. Era, al parecer, la única palma fina del palmar; el resto daba dátiles chinampos, comunes, pero muy dulces cuando se asoleaban y a su tiempo se guardaban en grandes zurrones de cuero de toro, almacenados en cuevas de caliche oscuras y secas.

Eso era antes, cuando tenías setenta y podías trepar. Ya dejaste en paz el robusto machete palmero, porque estás ciego, pero te queda vida, cercana ya al siglo, para desde la mecedora sigas oyendo en tu radio Transoceanic los juegos de beisbol de la Liga del Pacífico y, cómo no, la Serie Mundial. Votaste por El Peje. Cojean del mismo pie.