7 PILARES / De sitios históricos y gandallas

El infelizaje reunido en Los 7 Pilares está tranquilo, bebiendo y conversando naderías, –que si el huachicol, que si el helicóptero que azotó, que si Trump no nos suelta con lo del muro—como si cada uno de ellos fuese biemportado y lo mereciese, cuando…

–¡Quién es aquí el mero jefe, el mandamás, el dueño de este antro infecto¡ –gritonea el maitro que acaba de entrar a la ramada. Su facha es de licenciado: trajecito brilloso, zapatitos charoleados, copete a lo peñanieto, bigotito recortado a lo taxista maleconero de los años 50; pero eso sí: celular ostentoso pegado a la orejota, como recibiendo instrucciones.

La cáfila de ganapanes abandona la chorcha y todos se le quedan viendo al intruso con la mirada que destinan a sus enemigos de clase y a las garrapatas, para luego ignorarlo y volver a lo suyo, que es dedicarse al despelleje y al dulce hacer nada.

–¡Qué o qué, o qué onda, ciudadanos! –insiste el bato con un tonito ya más medido, como queriendo quedar bien, pero nada consigue; sólo miradas de arrancar pintura y muecas de desprecio de la perrada. Al fin se le encienden las entendederas y viendo al Ultramarinero, recurre a la señal internacional de ¡sírvanle a todos que yo pago!

Una ovación lo arropa y la tribu casi lo arrolla en su viaje a la lustrosa barra de mezquite donde el Ultra ha empezado a forjar y destapar ampollas de amargor al tiempo, pal frío, que empiezan a circular entre la perrada ahora sí sonriente y bienencarada.

–¿Decía usted? –pregunta el Ultramarinero con inusual cortesía. Soy el dueño de esta logia del pensamiento libre. No pago impuestos al SAT ni derecho de piso a La Maña. Hemos hecho de la semiclandestinidad una divisa. La Policía nos teme. El Ejército nos tolera. Las buenas conciencias nos alucinan. El clero nos sataniza y los partidos políticos nos pelan los dientes… En qué podemos servirle, maitro.

–Pues verá, mi patrona me ha mandado a decirle que si cuánto quiere por este local folclórico, porque piensa comprarlo, ya. Y al contado riguroso. ¿Cuánto, pues?

–Los 7 Pilares es patrimonio cultural de la isla. No está en el mercado –responde Carambuyo Bill, poeta laureado en las tres Californias–.  ¿Podría comprar su patrona la Logia Fieles Obreros o el Jardín Velasco, el Museo Regional, la tumba del Güero de Las Canoas, la Rotonda, el barrio de El Esterito…?

–Pues a ese barrio ya le anda mordiendo sus pedazos, señor mío. Varias casonas del Centro Histórico le pertenecen aquí, y en El Triunfo, y no ha comprado Todos Diablos porque allá los gringos asentados y los caciques mexicas recién llegados no la dejan; pero en eso andamos…cómo de que no.

–Ha de tener nombre tu patrona, bato –interviene El Bolas, joven inquisitivo de El Calandrio (que no está en venta) y orgullo de su universidá (que tampoco).

— Es la mujer más rica del mundo, según la revista Forbes… Y ya le gustó esta isla para vivir sus últimos años. Por eso la está comprando. ¿Cómo veis, camaradas? Y entons, ¿cuánto por este tugurio de mierda, pues. Pesos, dólares, libras, euros… Ustedes dicen.

Como en Fuenteovejuna, los orgullosos parroquianos de este antro que es monumento a la libertad de palabra, nido de conspiradores y refugio de murmuradores, todos a una van acercándose amenazantes botella en mano al licenciadete testaferro de la anciana más gandalla del planeta según la revista Forbes y –azuzándole al Jandor y al Barcino, los canes allí aquerenciados—lo hacen salir tembloroso a la calle más llena de baches del puerto. Faltaba más.