7 PILARES / De fifíes y fifilósofos

Está de moda entre los intelectuales y periodistas fifí caer de vez en cuando por Los 7 Pilares, buscando discusión, reflexión y hasta bronca con los más conspicuos representantes de la perrada insular en su modelo mejor: macuarros, macheteros, medias cucharas, reporteros sin medio, testigos de Jeováh defenestrados por apóstatas, masones arrepentidos, exfuncionarios del PRI sin chamba en Morena, tránsfugas del metate, sexoservidoras jubiladas con más de 50 años de servicio, maitros multichambas, vendedores de empanadas o coyotas y fauna de similares y conexas trazas.

Esta vez ha llegado una tercia conformada por un poeta sin flor natural alguna en su horizonte; una columnista del diario más circulador de la isla y un doctor en ciencias por la UBCS. Los tres se sueltan disparando forjadas a la tribu ésta que, atontejada por la calor reinante, nomás pela los ojos y estira la garra para asegurar la ampolla y beber como si el mundo fuera a acabarse ya. Tras los primeros górgoros y eructos ruidosos, alguien entre el infelizaje, el más carrilludo (o sea el Bolas) les da piola:

–¿Qué los trae por estos rumbos, tan alejados del poder y tan cercanos al infierno, señoritos, señora?

–Quisimos saber qué se siente, qué humores se respiran en este antro de malísima muerte, y, conocedores que somos del ritual primitivo que los identifica, abrimos con una ronda para iniciar la chorcha –señala la interpelada.

–Y habrán de ser varias rondas, señora, –advierte Carambuyo Bill— pues somos de carrera larga y poco contentadizos. Permítanme fijar tema: La Guardia Nacional. ¿Era necesaria?

–Es cosa de ver cómo se nos acumulan los cadáveres en los servicios médicos forenses para contestar esa interrogante— señala entre doctoral y condescendiente el  universitario– ¿No?

–Puede que tenga razón, doctorcito. Guardia Nacional con guachos y marinos, tal vez sí; pero ¿con mando militar? ¿Qué saben los milicos de la investigación de delitos? Ellos nomás reciben la orden de su jefe y disparan, clavan la bayoneta o, por no dejar, asestan el culatazo en las costillas –afirma el Viejo Chamán yaqui, que en los siglos vividos de pateperro por el planeta ha probado con sangre el sentido de justicia que se cargan los uniformados éstos, sean carabineros, guardias civiles, carabinieri o como se llamen en Chile, España Italia o Francia.

–Los narcos malevos sólo entienden a balazos –interviene el poeta sin lauros— “Para que la letra entre, sólo con sangre”. Así que: “Ojo por ojo y diente por diente”. “Para coyote, coyote y medio”. “¡Sangre, sangre, en los patrios pendones,  sobre sangre se estampe su pie”, y/

–¡Calla, insensato! –ataja el Chamán–. Nada de balazos ni de sangre. Esta ola de violencia la causaron no las drogas, sino su comercio ilegal. Allá por los 50, el gobierno mexicano apoyó en las sierras la siembra de amapola que los gringos necesitaban para alivianar a sus heridos en las guerras que siempre han tenido más allá de sus fronteras. Pero el trasiego clandestino se salió de control; sus veteranos siguieron consumiendo opiácios y el mercado negro creció hacia toda la población joven, que le entró también a nuestra mariguana. Al gobierno mexicano también le fallaron los cálculos y la droga que antes sólo era de exportación ahora la consume nuestra palomilla. Así es de que nada de balazos: hay que acabar con el comercio subterráneo… legalizando el consumo y quitándole a la Maña sus entradas de dinero y su fuerza y su razón de ser. De paso, el gobierno de la 4T recauda impuestos para seguir creando empleos y combatiendo los desequilibrios económicos que fomentan esta violencia.

–¿Y de dónde sacó tal teoría, humildísimo brujo—quiere saber el insigne doctor— acaso de Wikipedia?

–Tuve unas sesiones de intercambio con Jürgen Habermas y con Theodor W Adorno, en la Sorbona, invitado por Daniel Cohn-Bendit hace ya muchísimos años…, creo que algo se me pegó de aquellos compas. También he platicado en esta ramada con Savater, el vasco. ¿Lo conoce?

–De oídas –dice el docto universitario—y se encamina sin más a la salida del aguaje, seguido por sus acólitos, que apenas intervinieron.

–Vámonos pues: éstos pacifistas están locos y son peligrosos, pues es mal que se pega –dice a la salida la opinadora.

La tercia fifí se pierde en el polvo de la calleja que baja del barrio lumpen hacia los manglares de esta bahía tan atoamadre.