7 PILARES / De fiesta brava y fiesta bárbara

El Viejo Chamán yaqui le habla a la perada reunida en Los 7 Pilares, tugurio sórdido y lóbrego aunque a ves épico, como cuando el brujo de la contracosta está de vena narrando alguna de sus aventuras mundanas, y es éste el caso:

¡Asesinooo, vocifera ronco, el energúmeno que se desparrama a tu lado, en lo más alto del tendido de sol en Las Ventas. Allá abajo, cerca de tablas, el picador no se inmuta: con ambos pies afianzados sobre los estribos clava la lanza en los lomos del burel, recargándose en el asta con rencor. Tu vecino se ha puesto de pie y levanta un brazo regordete con el puño cerrado, como si quisiera estrellarlo en los mofletes del hombre de a caballo, mientras sugiere: ¡Saca la pistola y acábalo, so bestiaaa!         Enrojecido, con las venas del cuello a reventar, el hombrete (chaparrón, seguro patizambo, peludo, con barba de días, boina vasca, un habano barato entre los dedos y alpargatas astrosas) es el retrato del baturro que nos regalaron las películas mexicanas de los años 50 en el siglo anterior.

El tendido está que se caga de risa con los animadores festivos. En varios puntos de la plaza hay un gritón que le da carrilla a quien se le atraviese, como el banderillero que da pasitos de ballet al costado de un torazo de aquellos: ¡Eh, tú, gilipollas, esta suerte es asunto de hombres, coñazo… arrimaos a los pitones o iros a los pezones de la que te parió, caradura!

Las Ventas está pues, de fiesta. El encierro es de lujo y los matadores de primera línea, con El Juli a la cabeza y diestros de México y Perú acompañándolo. La fiesta está servida con astados de Miura y toreros que se atreven y tiemplan y citan y desdeñan y muestran sus atributos a la plebe, donde se cobija y bulle la otra fiesta: la de las ocurrencias que, siendo las mismas desde hace siglos, siguen desternillando al respetable y molestando a picadores, banderilleros, toreros, mozos y aun a jueces de plaza porque otorgan apéndices inmerecidos o porque se los niegan a algún favorito de esa raza vociferante de hispanos que han hecho de la Brava su Fiesta, ésta que sigue celebrándose cada temporada a despecho de verdes, ecologistas y demás defensores de los toros –aunque devoradores de bisteces así de gruesos–.

¡Asesinoooo! ¡Que alguien con autoridá ordene el cambio de suerte, jjjoder! vuelve a gritarle nuestro vecino al mismo picador, que ahora recarga su peso y su panza descomunal sobre la vara hincada en la cruz de un toro cárdeno que brama enfurecido y sigue embistiendo contra las protecciones acolchadas que cubren el flanco del caballejo.

¡Asesinoooo, asesinooo, asesinooo!, grito festivo, de chanza, con un muy otro significado para millones de personas en Tamaulipas, Veracruz, Guerrero, Chihuahua, Michoacán, Baja California, Sinaloa… donde la Fiesta es macabra y se repite en sordina cada día en las plazas y en las calles de pueblos pequeños y grandes ciudades. Asesinos asesinos asesinos… Hasta cuándo, compas, pregunta el Chamán a sus compinches y nadie responde. No tiene caso, han de pensar. Qué afán masoquista de sacar a relucir nuestras miserias. Tan a gusto que estábamos, ¿no? Pinche brujo. Tan bien que empezó.