7 PILARES / De civilidad y guayaberas

La calor se adelantó en la isla. Está tan fuerte que trae atontejada a la cáfila de muertosdehambre que recala por Los 7 Pilares, aguaje de escaso pedigrí pero bastante renombre en los territorios que baña el Pacífico océano desde el norteño cabo Mendocino hasta el sureño cabo de Hornos. Todos dan besitos a su forjada con ritmo medido, que vaya hidratando las entretelas del ánima a cuentagotas y no a pajuelazos barbáricos, pues la economía del infelizaje no está para trato rudo.

En tales encomiendas y entretenciones anda todo mundo, cuando al semiclandestino ultramarinos irrumpe un bonche de sujetos panzones, peinados de rayita, con pantalones “de vestir”, zapatos boleados y albas guayaberas.

El Bolas –joven inquisitivo de El Calandrio— les inquiere (mitotero como es):

–¿Y ora? ¿En qué conjunto tocan? No me lo digan, que voy a adivinar: vienen de Mérida… no, de La Habana.

El que parece liderar el hato de barrigudos responde algo mosqueado:

— Somos gente de razón, a la que el señor gobernador ha llamado a colaborar en sus tareas de medio sexenio. La guayabera es la prenda que nos distingue y une. Mi turno: ¿A qué le tiran ustedes? ¿Trabajan en algo productivo, o nomás se dedican a embrutecer sus escasas neuronas con cerveza?

Poco acostumbrados al cuestionamiento exógeno ríspido (y algo malaleche, la verdad sea dicha) los miembros del infelizaje voltean a ver al Parara, autoasumido (como Guaidó) guardián de la tradición insular y voz oficial de los descamisados en esta logia libertaria.

–Pues verá –se prepara el gurú—: Somos pueblo. Trabajamos como bestias para ganarnos la tortilla diarina cargando o descargando camiones, abriéndole zanjas a la compañía del Hombre más Rico del Mundo, buceando almejas chocolatas para los turistas que pueden pagarlas, lavándoles los carros a políticos de medio pelo y sobrada ínfula… y así. En ratos libres, nos congregamos aquí para filosofar, reírnos de quien lo merece y hasta componer el mundo éste que tan chueco anda, ¿no? Aquí en Los 7 Pilares nos sentimos seguros, a salvo de los policías, los militares, los marinos, los guardias civiles, los narcos y toda esa runfla de bestias armadas que por ése solo hecho se comportan con prepotencia cruel, abusiva, sangrona y ofensiva. Dicen que ellos son La Ley y nosotros, los ciudadanos, sus pendejos. Pero a ustedes, los de guayabera, no parece importarles mucho nuestra suerte perra. ¿Qué andan haciendo?

–Pues venimos a saludarlos y/

–¡Nooo, qué andan haciendo para defendernos de los abusivos armados, digo! ¿Ya les pusieron coto a los militares? ¿No iban a sacarlos de las calles? ¿Ya están acabando con los secuestradores, los torturadores, los asesinos? ¿Ya no hay daño colateral en las refriegas?

Espichaditos, los enguayaberados siguen a su líder hacia la polvorienta calle donde abordarán las blancas suburbanas de 8 cilindros que la Cuarta Transformación sigue pagándoles para que hagan política. Van a buscar escenarios propicios, donde sí aprecien sus esfuerzos.

Acá, bajo la ramada infecta, la perrada bebe de su forjada a sorbitos medidos, para hacerla durar. Apenas en abril y esta calor que no se aguanta, pensarán.