7 PILARES / De caciques y revueltas

“Andaba este su compinche de pataeperro por Centroamérica una temporada a principios de los años setenta, cuando en León, Nicaragua, le pregunté a un llantero cuáles eran las propiedades que tenía por el rumbo Anastasio Somoza” –dice el Viejo Chamán yaqui al infelizaje reunido en Los 7 Pilares, aguaje mísero que cobija de este frío pinchi a la gente más honorable del puerto y la isla toda.

–¿Y? –inquiere el Bolas, joven inquisitivo de El Calandrio y orgullo de su universidá.

–El obrero del hule vio mi traza de arriba abajo y, como a su juicio no di el ancho para súbdito del imperialismo yanqui ni como agente de la CIA, me dijo una frase que volví a escuchar muchas veces en Managua, Masaya, y el resto de aquel sufrido país: “Es más fácil que preguntes acerca de qué NO es del Hombre ése”. Cuando me confió en plan conspirativo que el Hombre no iba a León porque se la tenían sentenciada, y que el pueblo estaba tan harto de las atrocidades de los Somoza, que no tardaba en levantarse en armas, me dije: estos que amenazan son como el perro que lara. Unos cuantos meses después, estando ya en la selva del Darién para llegar a Colombia, un argentino mitotero que venía en sentido contrario para llegar a la frontera tamaulipeca, me informó que el Frente Sandinista de Liberación Nacional ya le andaba tronando cuetes al hombrecito aquél que era dueño de Nicaragua. El llantero de León tenía razón, me dije.

–¿Y?—vuelve a joder el Bolas.

–Pues na; que los sandinistas ganaron, tomaron el poder, y ahora una parejita de ellos trae en chinga a los nicas, con trapacerías similares a las que empleaba aquel Hombre defenestrado. Tardamos en aprender los latinoamericanos. Tumbamos caciques y encumbramos a otros. La democracia no parece dársenos con facilidad.

–¿Y…?, ¿qué propones, tricentenario anciano indígena, cumbre de la sabiduría chollera y epígono de la libertad y la fraternidad universales? –pide carrilludo el Bolas al brujo de la Pimería.

–Propongo que hagas un esfuerzo económico y, con parte del jugoso aguinaldo que te habrá otorgado la Universidad, a los aquí reunidos, siervos de la gleba, sal de esta tierra, esperanza viva de la Humanidad, nos dispares algunas rondas de ampolletas opalinas (al tiempo, no nos vayan a hacer daño).

El prohombre de El Calandrio, con gesto señorial, levanta la ceja izquierda hacia el Ultramarinero y con el índice derecho traza un círculo imaginario con el que abarca a la perrada completa. Aplausos.

Feliz Navidad.